Las pequeñas cosas

Actualizado: hace 3 días


No necesito mucho para ser feliz. O lo que yo considero, ser feliz. Mis amigos, mi familia, mi entorno... Mi héroe tranquilo. No me hace falta un gran coche, ni una casa enorme. Ni siquiera un trabajo de mucha relevancia. Me conformo con disfrutar de todo lo que me rodea.

Esto no quiere decir que no aspire a ser mejor cada día. Intentar superarme, acometer nuevos retos. Conseguir metas que antes no me imaginaba... Y tampoco a tener una vida lo más sencilla y tranquila posible. Sé que para eso hace falta un sueldo. y si es bueno, mejor. Que eso lleva a responsabilidades, sacrificios... Soy consciente de ello. También de que hay una línea roja que no debo pasar, ni creo que lo haga nunca. Esa línea es la gente que me rodea. El día que no pueda ir a cenar con mi Helen del alma, mi Mer, Maca, Ana, Magda, Amaya, Leti, Cris o María. Y Javier, Tommy, Alberto, Rafa, Juancho, mi churri... ese día, pararé. No se puede ni se debe sacrificar a tu gente. Y lo mismo con tu familia.

Tengo la inmensa suerte de que mis padres viven. Que juego al golf con el mío y charlo de todo con mi madre. Es una bendición. Recuerdo el día que a mi padre le propusieron ser el presidente de un grupo empresarial importante. Buen sueldo, contactos, representación... pero tenía que vivir a caballo entre Londres y Madrid. Dejar de ver durante muchos fines de semana a sus hijos, no pasar con ellos los días de verano que siempre se reservaba. Dejar a mi madre al cuidado de nosotros, porque todavía éramos adolescentes.

Cuando renunció y se quedó con su trabajo, que no era malo y nos permitía vivir espléndidamente, yo le pregunté la razón por la que no aceptó ese sueldazo. Me contestó con una sonrisa y otra pregunta. ¿Tú crees que haríamos cosas diferentes a las que hacemos por cobrar más dinero? En su momento no lo entendí. Hoy, sé que hizo bien. Yo tampoco iba a dejar de ir a cenar a Altamirano en el caco viejo de Marbella. No lo cambio, como tampoco las croquetas de nuestro querido José. Ni tendría un coche mucho mejor del que tengo. O cambiaría el sol de Marbella por el de las Maldivas. Ni mis días de golf con la Helen o mi padre. No, no lo haría.

Años después, hablando con mi padre sobre este tema, me añadió otra perla. ¿Cómo me iba a perder yo vuestra adolescencia, con lo divertida que estaba siendo esa etapa, junto a tu madre?

Por eso, queridos, para mí el entorno es sagrado. No hay que renunciar, jamás, a él. Besos, corazones.

Muak

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