Hasta hoy...


Fue una noche de verano la que convertiste en magia. Sin pretenderlo, sin un plan fijado, nos quedamos solos y nos fuimos a cenar. Te recuerdo serio, intentando que la conversación fuera casi trascendente. Fuiste amable y tranquilo. Tus ojos me decían que te gustaba, porque eso, corazón, los hombres no lo podéis camuflar. Pero no hiciste nada más que distraerme y hacerme pasar una noche que, todavía no lo sabíamos ninguno, acabaría siendo eterna…

Te habías enterado horas antes de que volvía a estar soltera, desparejada. Y que me habían engañado. Huiste de hablar de aquello, ni siquiera de darme esa especie de pésame que ya estaba olvidado. Y, sin saberlo, yo te lo iba agradeciendo. Con sonrisas, con cosas banales que iban surgiendo en la conversación.

Aquellos boquerones fritos, los calamares y las dos cervezas. La plaza de Altamirano, con sus sillas de plástico y los manteles de papel…

Cambiamos de mundo, de lugar y en Puente Romano, seguiste siendo el hombre tranquilo de conversación calmada, interesante y alejada de pretensiones. Y, sin embargo, contigo sentí que volvía a estar tranquila y a no acordarme de él. Me diste la mano y salté a un vacío en el que sigo aún soñando…

Me hiciste reír y volví a escuchar canciones que ahuyentaron recuerdos dolorosos.

Cantaste conmigo en el coche, reconozco que no es lo tuyo, pero me enterneció, la canción de Duncan Dhu, “esos ojos negros”, pero que tú cambiaste por verdes. Por los míos.

Esos ojos verdes,

No los quiero ver llorar…


Y en un momento dado, sin una razón, más que la comodidad y la atracción de ese momento que ambos, posiblemente sin buscarlo, encontramos, nos besamos. O, mejor dicho, casi me pediste permiso para hacerlo. Y yo, sin todavía saberlo, te abrí mi boca y mi vida. Poco a poco…

Hasta hoy…

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