El dinero no puede comprar vida


Bob Marley se lo comentó un día a su hijo, concretamente, un 11 de mayo de 1981. O eso se dice.

La frase tiene muchísimo sentido y encierra una de las verdades más apabullantes que conozco. Sentirse vivo, tener ilusiones, inquietudes, ganas de hacer cosas, amar, sentir, soñar... Nada de esto se consigue con dinero. He conocido a gente muy pobre, pero con mucho dinero. Con la vida resuelta por generaciones, pero que solo respiran y no viven. Es cierto que el dinero puede comprar la tranquilidad para vivir de forma que uno no tenga que preocuparse por llegar a fin de mes. Incluso puedes disfrutar de cosas materiales impresionantes y que no están al alcance de la mayoría de los mortales. Todo eso es cierto, sin duda. Pero eso no significa que puedas o sepas vivir.

La mejor enseñanza que me ha hecho nunca mi padre es que jamás deje de sonreír y de intentar hacer cosas. Que la muerte viene siempre en vida y que cuando se ha perdido toda la ilusión, uno empieza a morirse. Nunca dejes de lugar y de soñar. Y no, no somos del Atleti. La familia entera es del Real Madrid...

Mi madre es más práctica y menos espiritual que mi padre, pero tiene también enseñanzas que irán siempre conmigo. Recuerdo que de pequeña me dijo una vez que solo se aprecia lo que uno desea y sueña con muchas ganas. No lo entendí en ese momento, pero el tiempo me ha ido mostrando lo sabias que eran esas palabras. Algo material, un coche, por ejemplo, puede ser deseado y uno quiere disfrutar de él. Una vez que se consigue, se pierde algo de esa ilusión, porque los sueños de las cosas materiales son efímeros y cortos. Se consiguen y se gastan. Sin embargo, la amistad, el abrazo de una familia, tener a alguien que te quiere, disfrutar en compañía de los tuyos y ser sincera contigo misma para que el resto lo sean contigo, son cosas que uno sueña y desea muy despacio, casi sin quererlo. Y ese sueño, ese deseo, sí que es es eterno. Perdura siempre.

Siempre digo que yo tengo mucha suerte. Inmensa. Y no es porque haya nacido en una familia acomodada, ni por haberme permitido una educación, estudiar y tener experiencias en otros países o poder decir que nunca me ha faltado nada. Mi verdadera suerte es tener unos amigos fantásticos que me hacen reír y soñar. Una familia de la que estoy inmensamente orgullosa y que me ha enseñado a reírme de mí misma y de lo que me rodea. A tomar la vida con humor, optimismo y valentía. Que me ha mostrado el camino para intentar lograr ser una mujer de principios y ética. Y sí, también tengo mucha suerte porque, a día de hoy, tengo una persona que me mira, me sonríe y tiemblo por dentro.

Eso es vivir, y eso, como decía Bob Marley, no lo compra el dinero

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